ROCÍO CARMONA 26/10/2020 07:00 | Actualizado a 26/10/2020 07:50
¿Te cuesta concentrarte? ¿Te descubres a mitad de una tarea con la atención vagando por cualquier parte, tratando de obligar a tu cerebro a volver a fijarse en lo que estabas haciendo? Las notificaciones constantes, esa vocecilla interior que te recuerda la lista interminable de cosas que tienes que completar ese día… A menudo nos sentimos sobrepasados por un exceso de demandas y, por si fuera poco, cada vez confiamos más en el apoyo que nos brinda la tecnología para gestionar el día a día.
Pasó el confinamiento duro, la desescalada y el verano se esfumó de la mano de la segunda ola o como cada político o científico la denomine. Ha llegado el otoño y la sociedad se encuentra en un escenario socioeconómico y personal como mínimo arduo y de duración imprevisible. No es que no haya un liderazgo político, tampoco lo hay moral o científico. Y el gran problema para una sociedad es la falta de esperanza.
Si hay una cosa que nos estresa es pensar en aquello que puede ir mal en el futuro. Si hay algo que podemos hacer para aliviarlo, en caso de que ocurriera, es asumir que todo es temporal
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El País/BuenaVida/Psicología/Mariana Gálvez/03.10.2020
Durante los últimos meses hemos aprendido a ponerle todo tipo de apellidos al confinamiento. Está el total, el selectivo, el domiciliario y, ahora que el Gobierno ha anunciado un aumento en las medidas de restricción y movilidad en Madrid, el perimetral. Ha sido salir en la televisión y sucederse las historias de personas que buscan billete para dejar atrás lo antes posible de las grandes ciudades. Lo curioso es que muchos de los que están sintiendo cómo el desasosiego crece en su interior no tenían ningún plan de abandonar su municipio. ¿Por qué, entonces, esa reacción? ¿Por qué estresa tanto la ‘ansiedad perimetral’?
Todavía hay quien confunde esta enfermedad con tristeza o la asocia a debilidad personal
Los datos son apabullantes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo, lo que quiere decir que una de cada cinco personas la padece. Tras el confinamiento y la crisis sanitaria y social que está implicando la Covid-19 las cifras se han disparado hasta llegar a un 20% más de enfermos.
Y, a pesar de ello, la depresión sigue siendo poco comprendida y está rodeada de mitos que no favorecen precisamente el bienestar de quienes la viven. Hoy se celebra el Día Europeo de la Depresión, una jornada destinada a ampliar la conciencia y el conocimiento alrededor de un trastorno todavía estigmatizado por una parte de la sociedad.
Da igual los planes que hagamos para organizarnos mejor. Al final del día sentimos que nos falta tiempo para todo. Incluso durante el confinamiento, muchos creíamos tener una generosa provisión de horas, pero la jornada seguía esfumándose. ¿A qué se debe esta escasez endémica de horas que al final cuesta la vida?
La pandemia ha hecho aumentar la distancia física y emocional, y la desconfianza entre las personas, pero la socialización tiene efectos directos sobre la salud física y mental
La pandemia producida por la COVID-19 está teniendo efectos muy negativos en la salud mental de las personas. Durante el confinamiento muchas personas se vieron forzadas a pasar sus días en soledad, mientras que otras tuvieron que convivir más estrechamente de lo que hubieran deseado con familiares o compañeros de piso.
Lo único ficticio de esta historia sobre el chantaje emocional de Lorenzo es el nombre. Todo lo demás es cierto, y resume cómo actúan los chantajistas de su tipo. En su caso, su pareja se llamaba Begoña. A los 15 años comenzó una relación con Lorenzo que se alargó durante una década y ha dejado huella: “Me hacía sentir pequeñita y actuaba de un modo siempre beneficioso para él, pero haciéndome creer que era yo la que salía beneficiada”. Afortunadamente, Lorenzo comparte psicología y técnicas con otros como él y esta historia es la de cómo se detectan y anulan sus malas artes.
Se dice que Albert Einstein aseguró que en el mundo solo hay dos tipos de personas, las que creen que todo es un milagro y las que piensan que nada lo es. Lo cierto es que es difícil saber si el célebre físico pronunció estas palabras (se le han atribuido muchas que nunca dijo, como la de que “todo es relativo”). Sin embargo, esta división vale para numerosas cuestiones en la vida: hay quien aborrece el queso y quien lo comería cada día; quien ama el cine de Almodóvar y quien lo odia; y, con esto de la pandemia, quien cumple las medidas y quien pasa olímpicamente (un auténtico quebradero de cabeza para los primeros).
Chema Ortiz teme enfermar de un virus o una bacteria. Prescindió del sexo y se autoconfinó entre 2006 y 2008. Ahora su miedo es real. No es un caso único
Chema Ortiz empieza el ritual de llegar a casa. Se frota los pies en el primer felpudo, el que está justo a la entrada. Cuando gira la llave, salta y cae sobre el segundo felpudo. “Segunda limpia de seguridad”. Estira la mano hacia su derecha, donde tiene colocado un zapatero, y coge un palillo para repasar las suelas. Después pasa un trapo de usar y tirar. Frota bien. Se pone las zapatillas de andar por casa. Se limpia las manos concienzudamente. Se cambia de ropa. Se vuelve a limpiar. Termina su protocolo y respira ya en su “zona de confort”, donde todo sigue milimétricamente colocado. Limpio. Impoluto. Chema, con 36 años recién cumplidos, sufre un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) diagnosticado a los 13, lo cual le provoca una preocupación excesiva por la limpieza, los virus, las bacterias. Ahora, en tiempo de pandemia, su temor se multiplica. Con la covid-19, sus años de terapia han saltado por los aires. “Porque son mis miedos de siempre, con lo real añadido”.
En la Comunidad de Madrid hay entre 39.000 y 65.000 personas con este trastorno mental grave, según el Plan estratégico de salud mental 2018-20. Pero estas estadísticas no reflejan las consecuencias de un hecho como el confinamiento, el miedo al virus, a contraer una enfermedad o los efectos de la desescalada. Los expertos creen que no se sabrá su incidencia en la población hasta dentro de varios años.
Unos rehúsan abandonar la seguridad del hogar, otros disfrutan con alegría de las opciones de cada fase y los hay que incumplen las normas sin temor alguno. Se ve que no todos somos iguales ante el peligro…
El País/BuenaVida/Psicología/María Paredes/16junio2020
Ya se ve solo con salir a la calle en una gran ciudad como Madrid: hombre de mediana edad con mascarilla; grupo de tres adolescentes con mascarilla-bufanda, esto es, la que se lleva en la papada; mujer mayor con mascarilla y mirada recelosa al prójimo; embarazada con mascarilla y añadido de visera protectora para los ojos. Se ve claramente que, en esta época de necesaria precaución, cada quien entiende el concepto de riesgo a su manera… ¿Por qué tantas diferencias ante una amenaza tan clara? ¿Qué hace que algunas personas vean peligros por todas partes y otras apenas se den por aludidas?