El aumento de despidos, los ERES y ERTES generan angustia, estrés y, cronificado en el tiempo, hasta depresión en los trabajadores. Hablamos con especialistas sobre cómo afrontar con la mayor entereza posible esta triste situación.
El día que despidieron a Manuela Álvarez en mitad de la pandemia, lloró. “No es por ti, Manuela, es la producción”, la intentó consolar la que había sido su jefa en los últimos cuatro años. Álvarez, que tiene 28 años, llevaba en su puesto desde que terminó la carrera de Administración y Dirección de Empresas. Con el miedo en el cuerpo de quedarse sin trabajo llevaba dos meses, desde que la empresa comenzó a advertir a los empleados con sutiles indirectas por el desplome de los ingresos. De pronto se vio encasillada. Estaba a punto de independizarse y sus planes se congelaron de cuajo. “Salí destrozada, lo vi todo negro. ¿Y si tardaba mucho en encontrar trabajo, y si se me acaba el paro, y si…?”. Pero Álvarez, culo inquieto, no se perdonó un respiro: “Al día siguiente ya tenía Linkedin abierto. Me ponía con el currículum de 09.00 a 14.00, y si a la tarde me iba a la playa a desconectar, nada, seguía enviando currículums desde el móvil. Me acostaba mirando Linkedin”. Quizá fuera el momento de dejar su ciudad natal, de ampliar la búsqueda a Andalucía, al resto de España. La ansiedad no le dio tregua. No fue la única.
ROCÍO CARMONA 26/10/2020 07:00 | Actualizado a 26/10/2020 07:50
¿Te cuesta concentrarte? ¿Te descubres a mitad de una tarea con la atención vagando por cualquier parte, tratando de obligar a tu cerebro a volver a fijarse en lo que estabas haciendo? Las notificaciones constantes, esa vocecilla interior que te recuerda la lista interminable de cosas que tienes que completar ese día… A menudo nos sentimos sobrepasados por un exceso de demandas y, por si fuera poco, cada vez confiamos más en el apoyo que nos brinda la tecnología para gestionar el día a día.
Pasó el confinamiento duro, la desescalada y el verano se esfumó de la mano de la segunda ola o como cada político o científico la denomine. Ha llegado el otoño y la sociedad se encuentra en un escenario socioeconómico y personal como mínimo arduo y de duración imprevisible. No es que no haya un liderazgo político, tampoco lo hay moral o científico. Y el gran problema para una sociedad es la falta de esperanza.
Si hay una cosa que nos estresa es pensar en aquello que puede ir mal en el futuro. Si hay algo que podemos hacer para aliviarlo, en caso de que ocurriera, es asumir que todo es temporal
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El País/BuenaVida/Psicología/Mariana Gálvez/03.10.2020
Durante los últimos meses hemos aprendido a ponerle todo tipo de apellidos al confinamiento. Está el total, el selectivo, el domiciliario y, ahora que el Gobierno ha anunciado un aumento en las medidas de restricción y movilidad en Madrid, el perimetral. Ha sido salir en la televisión y sucederse las historias de personas que buscan billete para dejar atrás lo antes posible de las grandes ciudades. Lo curioso es que muchos de los que están sintiendo cómo el desasosiego crece en su interior no tenían ningún plan de abandonar su municipio. ¿Por qué, entonces, esa reacción? ¿Por qué estresa tanto la ‘ansiedad perimetral’?
Por una vez, los españoles estamos de acuerdo: el confinamiento no es fácil. Muchas horas entre cuatro paredes, demasiada incertidumbre en el ambiente y tiempo de sobra para preocuparnos por todo. Pero si a la gran mayoría se le está haciendo demasiado largo, también hay quien, ahora que puede, se niega a salir de casa. En muchos casos es una reacción normal, en muchos otros se explica por algún tipo de fobia. ¿Cuáles son los problemas más comunes? ¿Cómo se manifiestan?
Esta emergencia sanitaria nos trae dos ideas que parecían haberse desvanecido en esta hipermodernidad: la del ser humano vulnerable y la del valor clave que tiene la comunidad
Nos encontramos en estos días de comunicaciones instantáneas, Internet y redes sociales inmersos en un impactante trauma global. Nos sentimos pasmados frente a algo inesperado y desconocido a pesar de este cúmulo formidable de información que recibimos en tiempo real y esta posibilidad de conocer y pronosticar los acontecimientos futuros al detalle como nunca antes en la historia. Todo esto nos trae a cuenta dos ideas que de alguna manera parecían haberse desvanecido en esta hipermodernidad: la del ser humano vulnerable y la del valor clave que tiene la comunidad.
La crisis del coronavirus que asola al mundo entero tiene distintas secuelas: por supuesto una primaria que tiene que ver con una crisis sanitaria y, como consecuencia de esta, una crisis económica y social; pero también se liga con un gran impacto en las emociones y en los comportamientos individuales y sociales.
El miedo en este tipo no siempre se manifiesta, no siempre es observable, sino que puede ser sustituido por un estado de ansiedad que lo oculta y difumina. La ansiedad es como una alarma congelada ante un peligro difuso e imaginario. Dado que la vida, para este rasgo, siempre es amenazante busca algo o a alguien que lo pueda proteger o a quien proteger.
La profunda inseguridad del tipo 6 tiene su origen temprano en la necesidad de renunciar a los propios impulsos a fin de ser aceptado por el entorno familiar, unida al hecho de que esa renuncia, ese hacerse «bueno» consigue tanto la aceptación del entorno como un cierto apaciguamiento de la culpa.
“Hola, soy Manu y tengo ansiedad generalizada”. Así solía presentarse Manuel García (31 años) cuando conocía a alguien. “Me di cuenta de que no siempre funcionaba porque hay personas que pueden utilizarlo en tu contra si tienes un momento bajo”, cuenta García a Verne en conversación telefónica. Para él, lo más complicado de convivir con este trastorno mental “es la incomprensión de los demás”. “Tú solo quieres que te entiendan y que respeten tus limitaciones, como no poder ir a una discoteca abarrotada de gente, por ejemplo. Pero no todo el mundo es capaz de hacerlo. Yo he llegado a perder amistades, e incluso parejas, por ello”.