Confiar en uno mismo es importante. Confiar en los demás, fundamental

El mero hecho de salir a la calle implica esperar que los demás harán su parte y que, además, la harán bien

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CINTA ARRIBAS

MIQUEL SEGURÓ

24 ENE 2024 – 05:30 CET

Hay que confiar en uno mismo. Esa es una de las consignas de nuestro tiempo. Y hay que hacerlo sin titubeos ni fisuras, desde que uno se despierta hasta que apaga la lucecita de la mesita de noche. Incluso mientras se sueña, si es preciso. Lo decimos y nos lo dicen. Casi como un imperativo.

Pero confiar en los demás es igualmente fundamental. El mero hecho de salir a la calle implica una importante dosis de confianza en los demás. La confianza en que harán su parte, y que además la harán bien. Confiamos en el resto cuando cruzamos por un paso de peatones, por ejemplo, o también cuando circulamos por una carretera. Cuando se va por la calle o se circula hay que estar atento a todo lo que pasa, especialmente a lo que hacen y pueden hacer los demás. Pero aun así, no se puede controlar al milímetro todo lo referente a las acciones de los otros. Tenemos que aprender a confiar, y con ello saber cómo y cuándo hacerlo.

¿Qué hay de malo en mostrarse vulnerable?

Conducirnos bien por los caminos de la vida es posible si es en base a la confianza. Una confianza que debe ser recíproca. También los demás necesitan confiar en que nosotros cumplamos con nuestra parte, y solamente nosotros podemos responder a esa confianza. De ahí que en un mundo donde lo que rige es el “yo” y “lo mío” conviene recordarnos con asiduidad que si no fuera también por los demás poco “yo” llegaríamos a ser.

La pregunta que todos nos habremos hecho en alguna ocasión es cómo se logra esa confianza tan necesaria para el día a día, y además hacerlo en su justa medida. Teniendo en cuenta, para más complejidad, que las cosas cambian y que lo que ayer nos valía puede que hoy ya no lo haga.

Podría parecer que el camino para desarrollar este virtuoso hábito (por utilizar un lenguaje aristotélico) pasa por llevar la mirada hacia el interior. Uno podría pensar que es olvidándose del mundo y todo lo que hay en él que debe construirse un castillo interior capaz de protegernos de las inclemencias externas. Como parece que sucede con el proceso de autoconocimiento, que si es auto es porque se supone que solo se nutre de sí mismo. Ajeno a todo lo foráneo, a solas y con la vida a cuestas se presume que uno debe conocerse y confiar en sí mismo amurallado en su interioridad.

Pero nada más lejos de la realidad. Como en el caso del autoconocimiento, tampoco en la confianza en sí mismo estamos ante un proceso completamente cerrado y hermético. Nos encontramos aquí con la misma apertura que se da en la construcción de la propia identidad, en la cual las imágenes que tejen la policromía del “yo” nunca se pigmentan enteramente de puertas para dentro. Al revés, toda consideración subjetiva tiene su parte de influencia exterior, ya sea de la familia, de las amistades, de la sociedad o de lo que fuere.

Con la Modernidad y con el Romanticismo el “yo” se situó como punto de partida filosófico de la construcción del relato del mundo. No es que antes no se hubiera prestado atención a los misterios del alma, pero se puede decir que es desde entonces que esa palabra tan habitual para nosotros, “yo”, ha ostentado un protagonismo central en nuestra manera de entender la vida. Nos referimos espontáneamente a nosotros mismos como un “yo”, y no como sustancia individual o sujeto pensante, por mencionar otros posibles apelativos presentes en nuestra tradición filosófica. Cuando respondemos al interfono muchas veces decimos “soy yo” y no “soy sujeto pensante”. Y además sabemos que los demás también lo hacen, que ellos son también un “yo”, por eso no nos causa extrañeza cada vez que escuchamos a alguien hablar en primera persona en la cola del supermercado o en el transporte público. Cada cual es para sí su “yo”.

Ahora bien, además del “yo” está también el “tú”. La filosofía dialógica del pasado siglo se encargó de mostrar que no hay “yo” sin “tú”, así que sentirse y afirmarse como un “yo” no debe llevarnos a configurar nuestros mundos como la contraposición entre lo que forma parte de cada “yo” y lo que no (el “no-yo”). Anterior a toda contraposición es la relación, lo que significa que sin presuponer esa relacionalidad esencial no sería posible confrontarse con nada ni nadie. Al principio está la relación, sugiere Martin Buber en su Yo y tú, un breve libro que acaba de cumplir un siglo desde su publicación (1923), de manera que no puede haber una afirmación del “yo” que no implique al mismo tiempo la coafirmación del “tú”.

Llevado esto al terreno de la confianza significa que sí, en efecto, es fundamental ejercitar la confianza en uno mismo, pero no menos lo es aprender a hacerlo en comunidad. Entre otras cosas porque confiar es, como apunta la propia palabra, tener fe en conjunto. Vista así, la confianza emerge de lo profundo y llama a lo profundo, y en un ecosistema socio-cultural saturado de mensajes atomizadores donde cada cual tiene que querer y poder hacerlo todo a solas, confiar en sus múltiples dimensiones es en cierto modo ir a contracorriente. Tenemos al “yo” exacerbado y demasiado pendiente de sí mismo, como si la autonomía fuese posible sin contar con la de los demás, ni depender de nada ni de nadie. Cuando resulta que lo que nos define es que todos emanamos vulnerabilidad.

Ni el infierno siempre son los otros ni al paraíso se regresa sin salir de las moradas del castillo interior. Conducirse por los campos de la confianza no está exento de riesgos y complejidades, pero quizás ayude a su florecimiento propiciar situaciones que de verdad interpelen nuestros fondos vitales y nos llamen a decidir si queremos ser personas confiables. Abriéndonos, entre otras cosas, a la palabra y su valor, puesto que la confianza también se hace al hablar.

Sea por estas u otras veredas, la confianza se cultiva y se cuida también en compañía, y no exclusivamente desde y para la primera persona del singular. Confiar es un don compartido.

https://elpais.com/ideas/2024-01-24/confiar-en-uno-mismo-es-importante-confiar-en-los-demas-fundamental.html